Las sequías cada vez más extremas están empujando a la Amazonía hacia el colapso ecológico: En las últimas décadas, la Amazonía —una de las regiones más húmedas del planeta— ha experimentado múltiples sequías históricas que han secado ríos, intensificado incendios, devastado la vida silvestre y afectado a las comunidades indígenas y locales. Los científicos advierten que el cambio climático, la deforestación y el aumento de las temperaturas están haciendo que estos eventos sean más frecuentes y severos.
El cambio climático está haciendo que las sequías extremas sean más frecuentes y severas en la Amazonía. En 2023-2024, algunas áreas experimentaron sus condiciones más extremas en más de un siglo.
Las sequías prolongadas, la deforestación, los incendios y el aumento de las temperaturas están empujando a partes de la Amazonía hacia un punto de inflexión, en el que el bosque tropical no logra regenerarse y comienza a emitir más carbono del que absorbe.
Para 2050, los científicos advierten que casi la mitad de la Amazonía podría transformarse en un ecosistema similar a una sabana, con impactos de gran alcance para el clima global.
La Amazonía ha experimentado sequías cada vez más severas en las últimas décadas, incluidos eventos importantes en 2005, 2010 y 2015–16, siendo las de 2023 y 2024 las más extremas jamás registradas. Estas sequías repetidas han tenido impactos acumulativos y duraderos en el bosque.
En 2023, las precipitaciones de julio a septiembre en los nueve países amazónicos alcanzaron su nivel más bajo en cuatro décadas. Solo en Brasil, el bioma amazónico perdió más de 8 millones de acres (3.3 millones de hectáreas) de agua superficial en 2023, un área 25 veces el tamaño de Los Ángeles. Mientras tanto, el río Amazonas —el más caudaloso del mundo, que fluye a través de Perú, Colombia y Brasil— registró su peor caída en los niveles de agua en más de un siglo. Los impactos fueron generalizados: en Brasil, el estado de Amazonas declaró el estado de emergencia en el 95% de sus municipios, afectando a más de medio millón de personas.
Las investigaciones demuestran cada vez más que el cambio climático causado por el ser humano es el principal impulsor de la sequía en la Amazonía, haciendo que los fenómenos meteorológicos extremos sean hasta 30 veces más probables. Si bien el fenómeno climático natural de El Niño se ha asociado históricamente con la reducción de las lluvias y la sequía en la Amazonía, los científicos observan que en los últimos años el aumento de las temperaturas vinculado al calentamiento global ha intensificado sus impactos, haciendo que las sequías sean más largas, frecuentes y severas.
La Amazonía recibe ahora menos lluvias durante la temporada seca (de julio a octubre) que en el pasado. Al mismo tiempo, las temperaturas más cálidas aceleran la evaporación de los suelos y la vegetación, reduciendo la humedad en toda la cuenca.
Durante los últimos 40 años, la Amazonía se ha calentado a un ritmo promedio de 0.27 °C por década, y algunas regiones del centro y sureste se han calentado hasta 0.6 °C por década. En muchas de estas áreas, la temperatura promedio de la estación seca es ahora más de 2 °C superior a la de hace 40 años. Si continúan las tendencias actuales, la temperatura en partes del bosque tropical podría aumentar en más de 4 °C para 2050.
Estos cambios ya están alterando los patrones estacionales de la región. La estación seca del sur de la Amazonía, que antes duraba de tres a cuatro meses, ahora dura de cuatro a cinco semanas más y trae un 20% menos de lluvia que hace 45 años. Los expertos advierten que si la estación seca se extiende a seis meses, vastas áreas del bosque podrían cruzar un umbral irreversible y comenzar a autodegradarse en cuestión de décadas.
La Amazonía genera gran parte de su propia lluvia a través de un proceso conocido como evapotranspiración, en el cual los árboles liberan humedad a la atmósfera. A medida que aumenta la deforestación y se talan los bosques, este ciclo natural del agua se debilita. Como resultado, las precipitaciones disminuyen, el clima regional se altera y la sequía se vuelve más probable.
La deforestación también contribuye al aumento de las temperaturas. Partes del este y sureste de la Amazonía —donde la pérdida de bosques es más extensa— se han calentado más rápido que las regiones más saludables del oeste amazónico.
La sequía y la deforestación se refuerzan mutuamente en un círculo vicioso. A medida que la sequía obstaculiza el transporte fluvial, crece la presión para abrir nuevas carreteras y pavimentar las existentes, como la muy controvertida BR‑319, que atraviesa la Amazonía brasileña. Pero las carreteras facilitan el acceso a estas áreas boscosas y aceleran la deforestación. A medida que se tala más bosque, los árboles liberan menos humedad a la atmósfera. Esto reduce las lluvias y conduce a condiciones más cálidas y secas, que a su vez aumentan el riesgo de incendios, provocando una pérdida aún mayor de bosques.
En 2023, el monitoreo satelital detectó más de 5,000 km de ramales ilegales que se desprenden de la BR‑319, intensificando la degradación del bosque tropical circundante.
La humedad de los árboles de la Amazonía forma “ríos voladores” que transportan 200,000 m³ de vapor de agua por segundo a través de Sudamérica, alimentando las lluvias para cultivos tan lejanos como los de Argentina. Perder la Amazonía reduciría las lluvias en un 40% en estas regiones, devastando la agricultura en todo el continente y acelerando la inestabilidad climática. Los científicos advierten que si la deforestación alcanza el 20–25%, o si las temperaturas globales superan los 2 °C por encima de los niveles preindustriales, vastas áreas del bosque tropical podrían convertirse en sabanas degradadas.
Christine Halvorson
Directora de Programas, Rainforest Foundation US
Jhuliana Sebastian Gomez
Patrullera forestal y primera mujer líder de la comunidad de San Francisco de Yahuma, Perú
Los ríos se secan: Durante las sequías extremas, los principales ríos de la Amazonía suelen alcanzar mínimos históricos. En octubre de 2023, el río Negro, el mayor afluente de la margen izquierda del Amazonas, alcanzó su nivel más bajo desde que comenzaron los registros hace más de un siglo, aislando a miles de personas. Los habitantes locales reportaron enfermedades vinculadas al consumo de agua estancada. Comunidades ribereñas enteras, incluidos pueblos indígenas que dependen de la pesca y el transporte fluvial, quedaron sin acceso a alimentos, atención médica o agua limpia.
Los ríos como vías vitales: En la Amazonía brasileña, más del 60% de los pueblos y aldeas están más cerca de grandes cuerpos de agua que de carreteras, lo que subraya su dependencia de los ríos como principales vías de acceso. Cuando las vías fluviales se secan:
Mortandad de fauna silvestre: El calor extremo y los bajos niveles de agua pueden provocar mortandades masivas de especies acuáticas. Tanto en 2023 como en 2024, el sobrecalentamiento de las aguas en el lago Tefé de Brasil causó la muerte de más de 200 delfines de río en peligro de extinción y miles de peces.
Aumento de los incendios forestales: A medida que los bosques se secan y los pastizales se degradan, las quemas agrícolas escapan cada vez más al control, alimentando brotes de incendios récord en toda la Amazonía. Si bien algunas partes de la cuenca tienen antecedentes de incendios forestales, la mayoría no los tiene. Las comunidades que ahora enfrentan incendios por primera vez a menudo no están preparadas para los peligros que estos conllevan.
Los sumideros de carbono se convierten en fuentes de carbono: Los científicos advierten que la sequía prolongada está empujando a la Amazonía más allá de un umbral crítico, transformándola de uno de los mayores sumideros netos de carbono del mundo en una fuente de carbono. A medida que se libera el carbono almacenado, se acelera el cambio climático global.
Los pueblos indígenas y las comunidades rurales remotas se llevan la peor parte de estos impactos, ya que sus medios de vida dependen en gran medida de la agricultura a pequeña escala y de los ríos.
Francisco Hernández Cayetano
Presidente de FECOTYBA (Federación de Comunidades Ticunas y Yahuas del Bajo Amazonas)
Las investigaciones demuestran que tanto el cambio climático como la deforestación local están impulsando la sequía extrema en la cuenca amazónica. Abordar esta crisis requiere medidas tanto a nivel global como local. Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el mundo es esencial, y detener la deforestación en el terreno es igualmente fundamental.
Los pueblos indígenas, como habitantes históricos y guardianes del bosque, desempeñan un papel crucial en su resiliencia. Colectivamente poseen y protegen casi un tercio de los bosques tropicales de la Amazonía, y asegurar sus derechos territoriales es esencial para mantener el ciclo natural del agua de la región. Los estudios muestran que los bosques dentro de los territorios indígenas tienen tasas de deforestación mucho más bajas y menos incendios que las áreas circundantes, preservando así una densa cobertura de dosel que recicla enormes cantidades de vapor de agua hacia la atmósfera a través de la evapotranspiración. Este proceso estabiliza los patrones de lluvia locales y regionales y amortigua al bosque frente a estaciones secas prolongadas.
El reconocimiento legal de las tierras indígenas por sí solo no es suficiente; la vigilancia sostenida y el apoyo para monitorear y proteger esas tierras también son esenciales. Cuando los pueblos indígenas tienen un control seguro sobre sus territorios, protegen a sus comunidades y sostienen los bosques y los sistemas hídricos que mantienen viva a la Amazonía.
Cameron Ellis
Director de Ciencias de Campo, Rainforest Foundation US
Rainforest Foundation US (RFUS) está apoyando acciones que marcan una diferencia tangible en la prevención y mitigación de las sequías. Los bosques saludables regulan el agua y el clima, y las tierras indígenas, cuando están legalmente aseguradas y gestionadas, mantienen una vegetación más densa y lluvias más constantes, amortiguando a regiones enteras contra la sequía y los incendios. Durante más de 35 años, RFUS se ha asociado con los pueblos indígenas de la Amazonía para asegurar los derechos territoriales, fortalecer la gobernanza local y brindar herramientas y capacitación para monitorear y gestionar sus territorios.
Hoy en día, esos esfuerzos son más importantes que nunca para apoyar a las comunidades a resistir la creciente amenaza de la sequía.